El último mensaje que me dio mi guía espiritual antes de partir


Mi guía espiritual fue mi abuela Lucila.


Sorprendentemente sabia, inspiradora, inteligente, inigualable, generosa, inolvidable. Fue una fuente de luz y sabiduría, un verdadero ejemplo de vida para mí y para los que tuvimos el gusto de conocerla y compartir con ella.


Hace dos años hoy, Lucila trascendió este plano para retornar a la luz y volver ser una con todo con el Universo.


Fue ella quien me enseñó las lecciones más importantes que he aprendido en mi vida. Todos los días la recuerdo y la extraño. Sin embargo, cada vez más siento su presencia en mí, en mi vida, en el camino espiritual por el que me sigue guiando a través de mis sueños y por medio de sus libros, los cuales tuve el privilegio de heredar.


El primer libro que me compartió Lucila (mi tesoro!) fue la trilogía de “Conversaciones con Dios”. Cuando me los entregó, me dijo que lo empezara a leer “cuando estuviera lista”.


“Los libros tienen una forma de llamarlo a uno cuando uno está listo para lo que le van a enseñar”, decía. Este libro particular me llamó hace unos 15 años, y fue uno de los primeros maestros que tuve en mi camino espiritual.


Cuando era el momento de Lucila de partir, lo hizo serena y pacíficamente. Todos tuvimos tiempo de despedirnos y de agradecerle por todas las cosas maravillosas que nos enseñó.


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Ese martes soleado, sabiendo que era la última vez que iba a verla, llevé mi adorado libro al cuarto de hospital donde estaba dormida Lucila. Con la intención de encontrar en sus páginas el último mensaje que iba a compartir con ella, lo abrí aleatoriamente.


Este fue el último mensaje que me dio Lucila:


“Tómate tu tiempo. Reflexiona. Medita sobre ello.


No te sientas abandonado. Yo siempre estoy contigo. Si tienes preguntas que hacerme, preguntas cotidianas –como sé que tienes ahora mismo–, y quieres continuar, ten en cuenta que puedes acudir a Mí para que te conteste.


No es este el único modo en que yo te hablo. Escúchame en la verdad de tu alma. Escúchame en los sentimientos de tu corazón. Escúchame en el silencio de tu mente.


Óyeme en todas partes. Cada vez que tengas una pregunta, simplemente debes saber que ya la he contestado. Luego abre los ojos a tu mundo. Mi respuesta puede hallarse en un artículo ya publicado; en el sermón ya escrito y a punto de ser pronunciado; en la película que ya se está rodando; en la canción que ayer se acabó de componer; en las palabras que está a punto de decir un ser querido; en el corazón de un nuevo amigo que estamos a punto de hacer.


Mi verdad está en el susurro del viento, en el murmullo del arroyo, en el estampido del trueno, en el tamborileo de la lluvia.


Es el tacto de la tierra, la fragancia del lirio, el calor del sol, la atracción de la luna.


Mi verdad –y tu más segura ayuda en los momentos de necesidad– es tan sobrecogedora como el cielo nocturno, y tan simple e incontrovertiblemente confiada como el balbuceo de un niño.


Es tan potente como el latido del corazón, y tan silenciosa como el aliento contenido en unión conmigo.


No te dejaré. No puedo dejarte, puesto que eres mi creación y mi producto, mi hija y mi hijo, mi propósito y… yo mismo.


Acude a mí, pues, cada vez y en cualquier circunstancia en que te alejes de la paz que Yo soy.


Yo estaré ahí.


Con la verdad.


Y la luz.


Y el Amor.”


Cuando lo leí, mi primer pensamiento fue que me sentía profundamente feliz de compartirle ese mensaje a ella como despedida.


Luego comprendí que era ella quien estaba compartiendo este mensaje conmigo para decirme que no tenemos que despedirnos porque aquí, ahora y siempre estará a mi lado.


Todos los días de mi vida llevaré tu mensaje en mi alma, en mi pensamiento y en mi corazón.


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Con todo el amor de mi alma y del Universo, hoy y siempre te digo: gracias, gracias, gracias Lucila!



Laura Arboleda

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